
(Continuación de Apogeo de la acelga y declive civilizatorio)
Querida Virtudes,
Te expliqué en mi carta anterior con qué falta de ética los del Consejo nos destinaron a una misión que implicaba un viaje sin retorno, obviando la información que hubiese permitido que Jules y yo decidiésemos libremente si queríamos venir o no. Se mencionó veladamente una dificultad especial; sin embargo, al llegar nos encontramos con el prototipo habitual de dueña horticultora, sin potenciales complicaciones dado nuestro grado de veteranía en misiones similares. Después comprobamos, atónitos, que la horticultora tenía múltiples variantes, que mutaba de un día para otro. Antes de recibir las especificaciones del Consejo ya habíamos descubierto que esta no era la típica acción de invadir y dominar el hogar que hemos perfeccionado a lo largo de nuestra trayectoria profesional.
Tú, que nos conoces, sabes que no somos ese tipo de agente interestelar remilgado que evita la acción o que pone palos en las ruedas. Cuando ha sido necesario, sin que nos tiemble el pulso, hemos recurrido a la toxoplasmosis como método de control fulminante. Gracias a eso millones de ancianas —las conocidas viejas de los gatos de este y otros planetas— trabajan mansamente a nuestras órdenes: ellas no notan nada y se evita una violencia innecesaria. En otro tiempo no hubiésemos dudado un momento en someter a la anciana mutante a la esclavitud, a la obediencia ciega, a un estudio sistemático de sus facetas —que ese es el encargo del Consejo— o lo que fuere menester. Pero quizá por los atardeceres rosados de este lugar o bien porque es ya tan evidente que estoy en la última etapa de la vida, el íntimo roce con toda esta sucesión de personajes desgajados ha hecho tambalearse a la Mademoiselle Fifí de acero que yo creía ser.
En esta casa sucedió algo, amiga mía. Aquí hubo una tragedia en el pasado que aún flota en el ambiente. Esa mente se desencuadernó como un libro viejo cuando le arrancan el lomo. Su comportamiento estrafalario alertó a nuestros agentes en la zona quienes, a su vez, excitaron en el Consejo la ambición de llevar a cabo un estudio etnográfico con gran economía de medios. Hete aquí por qué el Tío y yo acabamos en este lugar. Pero te diré, Virtudes, que por lo que respecta a los informes oficiales que el Consejo espera de nosotros, lo tengo ya todo planeado: voy a mentir. Deliberada y sistemáticamente, de un modo que se podría denominar militante.
Cuánto te va a sobresaltar mi confidencia, con lo que hemos luchado nosotras dos contra la mentira. Ambas sabemos que casi toda la información oficial es falsa, de cabo a rabo. Libros, revistas y pantallas rebosan infundios. Ni siquiera son mentiras elegantes. Se trata más bien de burdos montajes producto de la necesidad de salir del paso de miles de agentes chapuceros —cuando no desaprensivos— repartidos por toda la galaxia. Hoy reconozco que yo tengo mi propia motivación y te la quiero explicar porque no me siento en deuda con la verdad pero me importa conservar tu buena opinión.
Yo no voy a mentir como el agente Gatz, que describió con todo lujo de detalles una batalla épica en aquel recóndito planeta, donde perecieron todos menos él en un cuerpo a cuerpo con gigantes. Sabemos que se zampó a sus compañeros de misión y que lo único gigante de la historia es su abdomen, que no le permite tocarse la punta de los pies desde hace lustros, no te digo ya lidiar con los guerreros descomunales que describe. Pero las revistas están llenas de ilustraciones conmemorativas de la gesta. ¡Hay pintores que se han hecho famosos por sus alegorías de Gatz! Los únicos que no han caído en este delirio colectivo han sido los amigos de los colegas devorados, que le miran con cierto resentimiento realista.
Yo tampoco voy a mentir porque me halle en estado etílico comatoso como la brigadilla del cabo Michón. A raíz del célebre expediente “Plerro”, se busca por toda la galaxia a un ser tan absurdo y contrahecho como el abominable hombre de las nieves. Sabemos que no existe ningún Plerro, simplemente estaban cocidos en alcohol cuando hablaron con sus superiores y se les enredaba la lengua. En lugar de rectificar pasada la resaca, insistieron en que habían tenido un encuentro con un bicho baboso gigante de grandes colmillos. Todas las naves que deambulan por el Universo incluyen una imagen alerta de Plerro. Nuestra comunidad se divide entre plerristas y antiplerristas. Plerro es un monstruo que cobró vida a partir de una lengua empapada en alcohol.
Y, por último, no voy a mentir por los motivos que lo hará el Tío Jules: él simplemente adora a los gatos locales y es muy feliz aquí. Y si para quedarse tiene que inventarse 600 personalidades totalmente falsas de la horticultora que muta, no me cabe duda de que lo hará. Como si no fuese suficiente con las que ya tenemos entre manos. Y esa Pequeña Lola… Tiene más peligro que el trinitrotolueno. Un día te hablaré de ella: te contaré todo sobre la Pequeña Lola (1).
¿Cuál es mi sórdida motivación para mentir? —te estarás preguntando, mi querida amiga—. He descubierto un mundo de rituales tan sofisticado que he quedado atrapada en él. Estoy tan fascinada, que siento la nostalgia como un cuchillo fileteando mi corazón; nostalgia de momentos que nunca he vivido. Es posible que la evolución haya obrado en favor de nuestra especie, pero no ha ido a favor de cada uno de nosotros. Nos hemos reído tanto de estos humanos… Nosotros no somos maternales, ni siquiera reconocemos a nuestros vástagos. Ellos cuidan a sus crías. Y cuando la vida viene de través o cuando se acerca el final, pueden acurrucarse en la memoria de ese momento dulce que sucedía en las primeras horas de la noche, entre sábanas que huelen a jabón, con la barriguilla llena y el cuerpo mimado por el baño vespertino: la hora del cuento. Ellos les cuentan historias mágicas a sus crías hasta que cierran sus ojillos bajo un edredón ahuecado y tibio.
Esa es mi excusa para mentir: amo esta vida. Cada noche, después de arroparme delicadamente, me cuenta una historia. Mi preferida es Matrioska, de Inkiow.
Hace ya un tiempo que me cuestiono con qué derecho paseamos nuestra mirada fría sobre la vida de los otros (2).
(1). Homenaje a Eva al desnudo, de Mankiewicz
(2). Homenaje a La vida de los otros, de von Donnersmarck