10. Mentiras deliciosamente encuadernadas

Fifí entró en la casa algo inclinada, atravesando la cortina de abalorios, y fue perdiendo el equilibrio calculadamente hasta caer sobre un hermoso almohadón. Había dos: el de Jules, de peces tropicales, y el de ella, de ratitas presumidas. Los diseñó y cosió la decoradora y no le cabía duda de que usó su endemoniada magia pues bastaba mirarlos para ser captado por una fuerza atractiva que no admitía disidencia. El cielo de los gatos eran aquellos cojines en la Tierra. 

Estaba agotada. Venía de mantener un duelo de bufidos con la gata de la vecina, una calicó llamada Valentina, agente enemigo, inteligente y letal. El doble empleo de gato terrestre y agente interestelar estaba acabando con su salud. Tal como había caído sobre el cojín, así se había quedado, muerta. Tenía un ojo totalmente cerrado, contra la tela, y el otro apenas abierto medio milímetro, suficiente para ver venir a la dueña con un libro en la mano. 

La dueña tomó a Fifí del almohadón con el mismo gesto que se recoge el jerseicito de lana de un bebé y la depositó sobre sus rodillas huesudas. Quedó con la cabeza y las patas colgando a ambos lados de las piernas de la anciana y acomodó sus pequeñas costillas a su duro regazo. Nunca nadie pudo ver a la implacable agente interestelar en una postura similar. La nueva vieja Fifí no dejaba de sorprender a la antigua joven Fifí. “Estás agotada —le dijo con voz dulce la anciana mutante—. Y últimamente has adelgazado mucho”. 

Mademoiselle necesitaba que cada una de las fibras de su cuerpo se recuperase del tremendo cansancio acumulado porque le esperaba trabajar hasta bien entrada la madrugada. Postergar el envío del primer informe llegó a despertar cierta susceptibilidad en el Consejo. Por eso no movía una pestaña, seguía con un ojillo cerrado y el otro abierto un resquicio. Reconoció el volumen que le iba a leer, uno de sus favoritos.

 Atlas de hierbas medicinales. Cuánta belleza puede encerrar un libro absurdo. Era de un blanco impoluto, de cierta envergadura, encuadernado con unas tapas duras pintadas con imágenes de tarros y semillas. En el interior, la compaginación de los textos a dos columnas, impecable. El fotógrafo autor de las ilustraciones se había centrado en la luz, como un alumno aventajado de Isabel Quintanilla. Se veían todo tipo de infusiones, con tonos que iban del verde claro al miel. Las tazas eran de cristal puro. Junto a los platillos, siempre alguna semilla y flotando en el líquido, hojitas, bayas o alguna cáscara de colores vivos. Sombras de un gris muy tenue sobre los manteles blanquísimos. Blancos sobre blanco; verdes sobre verde… El resultado era una edición límpida, casi translúcida. 

Las hierbas se presentaban alfabéticamente y así le gustaba a la dueña comenzar su lectura. Pasaba cada página y pronunciaba cada nombre con cierta ceremonia: enebro, eneldo, énula, equinácea, erísimo, escaramujo, espino albar… Hasta que elegía una y leía su historia, curiosidades, formas de obtención, usos, cultivo y variedades. 

A Mademoiselle Fifí le gustaba escucharla con el hemisferio derecho, mientras con el izquierdo intentaba afrontar el reto del informe, que ya estaba decidido que sería una patraña de principio a fin. Valoró la posibilidad de dejar el asunto en manos de Jules y enseguida lo descartó. Él era un maestro en el arte de improvisar. Pocos tan capaces de ingeniar una trola con la velocidad del rayo; pero la chispa es también efímera y Jules no podía mantener durante cierto tiempo un embuste coherente. Lo de Jules era el instante, el momento fugaz, lo visto y no visto. Realmente, el rasgo más constante de su carácter era la falta de constancia. No, a Jules no se le podía pedir que levantase una mentira sostenida en el tiempo. Le tocaba a ella y el privilegio de permanecer allí dependía de que tuviese éxito. 

La dueña seguía con la lectura. Toda esta retahíla de usos e indicaciones de las hierbas naturales… qué ingenuos eran los humanos. Algún día, mediante un sencillo análisis factorial exploratorio, descubrirían que solo hay dos factores detrás del batiburrillo de información que manejan los herbolarios: hierbas que te matan y hierbas que no. Ni el riñón ni el páncreas, ni posología ni efectos secundarios: todo era pura farfolla, bellas mentiras preciosamente editadas y magistralmente ilustradas. En cuanto los humanos descubriesen que casi toda la información que manejaban en relación con la fitoterapia era un bluf, ejemplares como este maravilloso atlas de hierbas dejarían de existir. ¿Verdad o belleza? Esa pregunta la atormentaba de un tiempo a esta parte, era la cruz que llevaba a cuestas Mademoiselle Fifí. 

En el punto en que escuchó que el espino albar poseía la capacidad de ejercer un efecto regulador de las arterias, sintió una tremenda tentación de gritar: “No es la infusión, es una madre sentada al borde de tu cama que te mira con ternura. Es el hombro que acoge tu mejilla húmeda y que apoya su cabeza en la tuya. Es la tetera humeante. Es la taza. Es el ritual. Eres tú, con tu fe en que el líquido caliente y aromático te ayudará a sanar”. Hubiese sido más honesto, qué duda cabe, aunque no daría lugar a la edición de libros tan bellos ni al placer de su lectura. 

El cuerpo calloso obró el milagro y hubo un contacto fortuito y genial entre los dos hemisferios cerebrales de Mademoiselle. Ya sabía cómo iba a afrontar el informe: les iba a dar mentiras bellamente editadas, sostenidas con profusión de detalles y delicados argumentos. Enterraría lo falso en una montaña de pequeñas pinceladas y matices deliciosos. Construiría un universo paralelo, si era necesario, y nunca volvería a atormentarse por faltar a la verdad, sino que lucharía para convertir su ficción en un mundo infinitamente más tangible que la propia realidad.

Para cuando terminó la sesión de lectura, al atardecer, la agente Fifí se hallaba plenamente restablecida. Aquella noche redactó el informe que inició una nueva era en la trayectoria del Universo Felino.