
Mi queridísima Virtudes,
Nunca podrías imaginar la emoción y la nostalgia que me han embargado al recibir tu carta y leer la historia que te han contado sobre nuestra peripecia. Sabes que lamento no creer en ese cielo felino del que nos habla el profeta. Esa eternidad en que los gatos —¡seres ociosos al fin! —, tumbados en muelles cojines y sorbiendo un magnífico té, veremos proyectadas sobre la inmensidad de la Gloria todas las andanzas falsas que se han contado sobre cada uno de nosotros. Si yo fuese creyente, instalada con mi té y mi cojín en la Gloria por toda la eternidad, sería tu historia la que querría ver una y otra vez. Pero no es verdad ese rumor, amiga mía. No hay un solo chismoso en el Universo capaz de inventarse un disparate como el que nos ha tocado vivir.
Ya sabes que no me jubilé como había planeado porque los del Consejo me convencieron con su parloteo: “Acudimos a ti desesperados, Fifí”. Apelaron a circunstancias extraordinarias y a una extrema complejidad, pero me asignaron como adjunto a Jules. Nadie quiere tanto a Jules como yo, lo sabes bien; lo que me duele es esa actitud frívola de los burócratas: “Es el Clarence de Qué bello es vivir”, “Es el ángel sin alas de Capra”… Ya. Capra.
Me dejé embaucar. Llegamos al planeta el día acordado y fuimos conducidos al lugar de destino. En la casa estaba todo preparado para recibirnos. La dueña era una edición no demasiado original del fenotipo de nuestra especialidad: anciana amable e independiente que tiene preservada la movilidad, aunque el factor cognitivo no esté tan preservado. Por sus hechuras y su atuendo, enseguida vimos que se trataba de la típica aficionada a la horticultura. Resumiendo: un expediente de los sencillitos.
Revisada la casa y la dueña, hicimos las primeras incursiones en los alrededores. El paraje era idóneo para los objetivos estratégicos de la misión. La casa está dotada de todo lo necesario para llevar una vida decorosa y acorde con nuestra posición. Su ubicación —un lugar un tanto apartado en el extremo de la aldea —no puede más que facilitar nuestro propósito. En la propia calle, ya hemos identificado a otros agentes con los que no fue necesario intercambiar la contraseña. Deberíamos mejorar la formación en simulación y suplantación: que los humanos no se enteren de nada no quita que los gatos autóctonos nos tengan calados desde hace tiempo.
Todo esto que te explico, lejos de tranquilizarme avivó mi zozobra: ¿a qué venía ponderar tanto la dificultad de la misión? A Tío Jules ya le conoces, no hay nada que le inquiete más allá de no poder darle al fumeque; pero yo me mantuve reservada y vigilante durante toda la primera jornada. Principalmente puse toda mi atención en ella: es una de esas viejecillas que cree que, porque se viste de pobre y cosecha una acelga, ya es hortelana. Por cierto, el año pasado tuve ocasión de leer tu paper: Apogeo de la acelga y declive civilizatorio. Así acabó la beta vulgaris con las grandes culturas de la Humanidad. Lo disfruté horrores. En fin, Virtudes, que tras una semana de observación minuciosa —y ya sabes lo obstinadamente sistemática que puedo llegar a ser— no le vi la complicación: Que acariciaba. Pues sí, todas acarician, ya lo sabemos. Que nos hablaba como si fuésemos retrasados mentales y con profusión de diminutivos y palabras idiotas ¿Acaso no lo hacen todas?
La dueña tenía su habitación en la parte alta de la casa. Cada noche subía por la escalera baldada de tanto trajinar en el huerto, con su mono gris, su camiseta verde y en calcetines. Al día siguiente, milagrosamente, bajaba los escalones renovada y dispuesta a acometer una nueva jornada de puerros y coles. Cada mañana la esperábamos con impaciencia. Ella creía que añorábamos su compañía, pero solo necesitábamos que abriese la puerta de la cocina para beber agua.
Fue en el undécimo día cuando vino el chasco. Llevábamos ya tiempo al pie de la escalera cuando vimos bajar a una sujeta que, pareciéndose a la dueña como una gota a otra gota de agua, no tenía nada que ver. Llevaba un fular al cuello que flotaba tras de sí, unas pestañas postizas que se le enredaban en la barandilla y unas sandalias con tacón block —muy rejuvenecedoras, eso es indiscutible. En el duodécimo, descendió los escalones una tipa con una bata toda llena de bolsillos y acericos. Iba forrada de bobinas, canillas, piezas de galón, pasamanería, botones, corchetes y otros elementos fijados al guardapolvo con imperdibles. Parecía una mercería ambulante. Así, un día tras otro —sin que sepamos cuál fue el factor desencadenante de este fenómeno—, recibimos a un personaje diferente que no era exactamente la dueña pero que, a un tiempo, sí lo era. Nos vimos obligados a identificar cada elemento mediante un alias, por una mera cuestión de orden público: Pequeña Lola, Pirriaque, Decoradora, Mangurrina, Disturbio, Orzowei, Hortelana, Enredo, Accidente, Ecuación, Flow… Como ya habrás intuido, los nombres los dejé a cargo de Jules y su cigarrito de la risa.
Este es el auténtico drama, Virtudes. Nos asignaron una misión donde nuestra competencia no se reduce a invadir y dominar a una dueña, sino que tenemos como reto someter a todo un regimiento. No puedes ni imaginar lo que está siendo esto…
(Continuará).
