8. No vamos a volver

—Jules, ¿tú eres feliz aquí?

—Bueno… eh… mantengo un nivel óptimo de motivación y, en consecuencia…

-Jules, no te lo pregunto para el informe trimestral. Necesito saberlo antes de darte una noticia que no sé si es muy buena o muy mala.

—¿Ha llegado la instrucción del Consejo? ¿Tenemos que volver? —preguntó Tío Jules aparentando indiferencia.

—¿Es lo que quieres? Aquí, cada viernes tienes timba. La hierba local no parece que te disguste —Jules no le sostenía la mirada a Fifí cuando sacaba a relucir lo del fumeteo—. Y se diría que disfrutas de tu trabajo y de tu tiempo de ocio.

—Esto no está mal. Pero si has recibido órdenes…

—No vamos a volver —afirmó Fifí observando con gran atención la reacción de Jules.

—¿Han dado alguna explicación? 

—Una explicación que llega demasiado tarde, como todas las explicaciones. No estamos aquí para una típica operación de invadir y dominar. Pero Jules, pensaba que te dolería no ver más a tus sobrinos.

—Para ellos soy una especie de anécdota. Sé que siempre me recordarán con simpatía: el viejo Tío Jules, el Cojo.

—¿Qué es lo que te ha calado tanto de estos aldeanos?

—Los encuentro fascinantes, Fifí. Los hay pícaros, mentirosos, pendencieros y hasta descuideros, pero lo saben todo sobre la risa. Son prestidigitadores: un gesto, una mirada ¡y es desternillante! Los gatos autóctonos tienen algo de lo que nosotros carecemos… ¿Y tú, Fifí? ¿No te importa quedarte?

—No me importa, Jules.  Los atardeceres son bonitos. El té es de buena calidad. Nunca he valorado la calidez o la proximidad en las relaciones; puedo mantener el contacto con mis amistades en la distancia. Y estoy tan fascinada con el objetivo de la misión como lo estás tú con los lugareños.

—En confianza —dijo Jules, bajando un poco la voz y ensayando el gesto pícaro que había observado en los gatos terrestres—, ¿qué término han utilizado los del Consejo?

—Lo han llamado “estudio etnográfico” —confesó Fifí titubeando.

El Tío Jules soltó semejante risotada que se cayó de culo. Mademoiselle Fifí se contagió un poco aunque consiguió mantener la compostura. En puridad, la cantidad de personalidades a estudiar aproximaba mucho aquella experiencia a la de sumergirse en una tribu. Fifí, por otra parte, no tenía empacho en reconocer que estaba resentida con el Consejo: habían sido deliberadamente ambiguos, les hurtaron información crucial desde el principio. Todo lo tuvieron que descubrir por sí mismos.

Se quedaron en silencio, pensativos. Abajo, en la calle, se iban juntando los amigotes del Tío e intercambiaban pullas y bufidos. Se miraron y fue Jules el que hizo la pregunta incómoda:

—¿Qué haremos con la Pequeña Lola?

—No lo sé, Jules. Es una bomba de relojería.

—¿Has visto cómo les cepilla la pechera del traje a los pretendientes con esos aleteos de pestañas postizas?

—Sí.

—¿Y has visto cómo ellos se convierten en chicle?

—Yo hubiese dicho gelatina, pero sé a lo que te refieres.

—No se la puede dejar suelta: hechiza al primer bigardo que se le cruza.

—Lo sé. Y si seguimos despeñando mocetones por la pendiente, nos vamos a meter en un lío.

De la calle llegaba una bulla tremenda. Tío Jules pedía permiso con la mirada para bajar, hacía rato que le esperaban. Cuando ya se alejaba, Fifí le recordó que no era capaz de escribir con seriedad su informe si mantenían el alias de “Pirriaque” para la bebedora. Jules iba descendiendo por la pendiente cuando sugirió:

—¡La apodaremos Cogorza!

—¡Cogorza tampoco me sirve! —le respondía Fifí levantando un poco la voz.

—¡Moña!

—¡Menos aún!

Tío Jules tenía que gritar cada vez más para que Fifí le pudiese oír. Ya casi a nivel de la calle exprimió todo su léxico: “¡Tajada!, ¡Curda!, ¡Merluza!”.

Los amigotes, que le escucharon, lo tomaron como una incitación a la juerga y se lo llevaron en volandas, jaleándolo por toda la calle adelante.

Fifí sintió cómo se alejaban. Cuando el silencio se instaló de nuevo en aquel lugar, salió de la casa la borrachina, Pirriaque. Hoy venía muda, con cara de resaca y un jugo de tomate en la mano. Se dejó caer en la escalera del porche y llamó a la gata palmeándose la pernera del pantalón. Fifí enseguida se acomodó en su regazo.

Atardecía. Todo el paisaje que abarcaba la vista se iba tiñendo de rosa. Fifí entornó los ojos mientras se dejaba pasar las yemas de los dedos por detrás de las orejas, una y otra vez. La noche avanzaba y traía el perfume de la madreselva y los cantos de las ranas. Un dulce estado soñoliento se iba apoderando de su cuerpecillo: “No vamos a volver”.