11. El Tío Jules y otros seres marginales

No todo había sido un campo de rosas en la estancia de Tío Jules y Mademoiselle Fifí en la casa. No siempre el tiempo quedaba suspendido en un rayo de sol dorado ni echaban el día en tumbarse a escuchar los abejorros y averiguar de qué color eran las alas de las libélulas.  A lo largo de sus acciones de camuflaje en la zona, habían corrido grandes peligros: episodios en los que realmente se jugaron la vida, momentos en que sintieron el aliento caliente de la muerte en el cogote, ocasiones en que entraron por la gatera cuando ya la garra mortal les arañaba los pelos del lomo. Pero nada pudo igualar el subidón de adrenalina de la primera vez que vieron a Loquendo. Jules lo bautizó así en recuerdo de los seres arcaicos que poblaban un lejano planeta donde desempeñó misiones de juventud.

Fue una mañana cualquiera, esperando a pie de escalera como otro día.  En parte, su trabajo de campo consistía en elaborar informes sobre la diferencia entre las expectativas de primera hora y lo sucedido a lo largo de la jornada. De ese modo se iba documentando el profundo conocimiento que habían adquirido sobre las diferentes mutaciones de la dueña: la hortelana, la decoradora, la dipsómana -alias Pirriaque-, la cocinera, la científica, la estudiante … Si entraba en acción La Pequeña Lola, se echaban a temblar ya de buena mañana.

Sin embargo, aquel día, en lugar de bajar una de las dueñas más o menos reconocibles, se dejó caer por los escalones un ser aterrador. Era una forma cubierta con guedejas azules, con trozos de cosas enredadas. Se rascaba lo que debía ser el pescuezo con fruición. Bostezó y se le contorsionó la cara en una mueca horrenda. Apenas vislumbraron al personaje, Jules y Fifí se escondieron bajo la viga que servía de estante zapatero, junto a la puerta. No se atrevían ni a respirar para que ninguna pequeña parte de su cuerpo sobresaliese del madero. Se miraban con los ojos muy abiertos: ¿Qué era aquello? (1).

Le siguieron a una distancia prudente hasta el patio trasero y le vieron ir directo a la zarzamora, donde se zampó glotonamente todas las moras maduras. Cuando no quedaron más, se fue hacia el frambueso amarillo y acabó con todos los frutos que estaban en sazón. Conforme giró de vuelta a la casa, los que la espiaban tuvieron el tiempo justo de esconderse tras unas botas de agua.  Ya en la cocina, arremetió contra un táper de pollo con tomate que sacó de la nevera.  Hurgaba en la comida, cogía las piezas de carne con los dedos, se las pasaba por la cara y las olfateaba mientras gruñía de placer. Desde detrás de la estufa, Jules le confesó a Fifí que acababa de entender quién había ahormado algunos escondites que estaban distribuidos por toda la parcela. En ese momento, Fifí le nombró alto comisionado para tratar con la cosa. Había delegado días atrás también la jurisdicción sobre Pirriaque. Un día, alguien escribiría una crónica sobre el Tío Jules y los seres marginales (2).

Pasaron el resto de la mañana evitando un encontronazo que no podía beneficiar a nadie, con el vientre pegado a la tierra templada, agazapados tras los bancales del huerto.  Amenazaba lluvia. Mientras Fifí dormitaba, el Tío se hacía el firme propósito de abordar la encomienda con la máxima serenidad. Se fijó para ese mismo día la meta de acercarse a aquello sin sufrir ningún percance. Sabía que su marcha renqueante le habría conducido a uno de los escondites de la propiedad. Reflexionó sobre la importancia de los escondites a lo largo de la evolución: quienes encontraron un hueco en el que cobijarse, sobrevivieron. “Venimos de los que encajaron en las oquedades —se decía Jules—, por muy deforme que fuera su apariencia”.

La tarde fue un continuo calabobos. Jules recorrió con mucho sigilo cada uno de los huecos que había entre los arbustos y que conocía bien. Casi todos estaban orientados de manera que se podía observar la calle con discreción. En el tercer escondite encontró a Loquendo. Se aproximó como solo sabe hacer un gato, con tal parsimonia que parecía que se había congelado el tiempo. El ser tenía un aspecto tan enternecedor… Pero Jules había visto demasiadas veces a seres enternecedores arrancarle la cabeza a un agente sin perder un ápice de su aspecto angelical.

No. Aquello requería un tempo de auténtico especialista. Tardó una eternidad en colocarse a una distancia corta, sin perder de vista los ojos inquietos de Loquendo. El Tío, por su carácter, tenía un factor neurótico tan alto que su corazón tendía a emular el ritmo cardíaco de quienes se hallaban cerca. Sabía hasta qué punto aquel ser estaba vitalmente alterado. Su cuerpo permanecía inerte bajo las greñas; solo los ojos se movían sin descanso en todas las direcciones y, cada vez más, en dirección a Jules. Poco a poco se fue sosegando. Cuando el latido se volvió a acelerar, Loquendo ya solo observaba fijamente el muñoncillo de Jules, que se agitaba como una campanilla siempre que estaba nervioso. Fue acercando su cara con aquellos ojazos inmensamente abiertos e interesados en el trozo de patita hasta que, ¡zas!, Jules le plantó delante de las greñas un rabo de lagartija fresco que todavía se movía. Loquendo se puso tan contento que daba pequeños saltitos sobre sus talones. Se zampó el rabo con gran satisfacción.  Después de relamerse, sacó de entre sus harapos un hueso putrefacto de pollo con algunos girones de carne colgando. Estiró el brazo para ofrecérselo al Tío y su mirada, ahora sí, expresaba franca simpatía. Jules tomó el presente con un gesto de guardarlo para luego. Su agradecimiento era sincero, sin doblez; no pensaba comerlo, pero sabía que se había ganado a aquel ser.  

Pasaron el resto de la tarde haciendo las cosas que le gustaban al monstruito. Desde su pequeña gruta dentro de una hermosísima abelia, seguros, en compañía uno del otro, observaban sin ser vistos todo lo que pasaba por la calle. Jules no dejó de notar que retrocedía un poco atemorizado cuando se trataba de algún vecino. Los gatos y los perros, por contra, eran celebrados con gruñidos de alegría e incluso se asomaba bastante para seguirles cuando se alejaban calle arriba. Los vehículos a motor tenían un efecto contradictorio en la cosa: se tapaba los ojos con las manos, pero separaba los dedos para no perder detalle. En algunos momentos, entusiasmado, le daba pequeños achuchones a Jules y le lanzaba miradas de complicidad.

Cuando se separaron, el mirador de la abelia había adoptado ya la forma de ambos camaradas. El Tío se sentía feliz y el mostrenco también lo era, a juzgar por los latidos de su corazón.


(1). Homenaje a Fitz James O’Brien

(2). Homenaje a Alianza Editorial