6. Cuando acabe la linde

“¡Un perro, Jules! ¡Un perro! Parece que no acabas de entender”. A Tío Jules le gustaba mostrarse magnánimo. Si la dueña traía un perro a la casa, pues ya se vería la manera de encajarle. Con el tiempo, incluso se alegrarían de tenerle allí. Mademoiselle Fifí quería a Jules tanto como era capaz de querer a otro ser, pero no soportaba sus aires de rastafari: “Vete despidiendo de las visitas de tus amigotes”. El Tío dio un respingo en su hamaca y torció el gesto. ¡El puto perro! Cómo iban a permitir que un advenedizo pusiese sus vidas patas arriba. 

No le duró mucho el cabreo a Jules. En cuanto tuvo delante al enorme cachorro se derrumbó. Se había comprometido a darle la reprimenda de recibimiento, pero al final le tocó como siempre a Fifí: “Que sepas que estás aquí solo por la tonta. De todas las dueñas, la tonta es la única que necesita algo tan tonto como tú”. Gilda, con un palmo de lengua fuera, miraba en todas direcciones mientras jadeaba sin poner atención al chorreo. Todo era nuevo, todo era excitante. Quiso lamer a Fifí y tuvo que frenar en seco ante el tremendo bufido que le soltó la gata. Así que se fue detrás de una mariposa, toda lengua y orejas al viento. Mademoiselle no estaba acostumbrada a que la dejasen con la palabra en la boca. 

Durante unos días, Fifí descuidó lo de descuartizar lagartijas y destripar topillos. Se la veía por los rincones mascullando: “¿A quién no le conmueve un tonto? A ver, ¿a quién no le conmueve?”. Pero por mucho que lo repetía no experimentaba ni ternura ni compasión. Sin otra alternativa, echó a andar ladera arriba, atrochando por el sendero de los jabalíes, arrastrando penosamente su orgullo a cada paso. Se coló por la verja corroída de una casa que parecía algo abandonada: la morada de la Gordanegra, la santona que había salvado a algunas familias con su consejo. 

La detestaba. Su parsimonia le atacaba los nervios y su manía de hablar metafóricamente le parecía fatuidad. “Así que quieres saber qué provecho se puede sacar de un tonto” —resumió la Gordanegra, con gran capacidad de síntesis, desde un cojín apenas intuido bajo su tremendo corpachón. Tenía un precioso pelo negro lustroso. Comenzó a acicalarse con una pachorra exasperante, sin decir ni mu. Cuando después de largo rato habló, miró al infinito y fue críptica: “Descubrirás la utilidad del tonto, cuando se acabe la linde”. Abandonó la estancia dejando tras de sí algo que parecía un lamento o una risilla nerviosa. Mademoiselle no tenía mucha experiencia en los usos y costumbres de pedir consejo. Entendió que su audiencia había acabado y reemprendió el camino de vuelta, cuesta abajo, hacia el hogar sobre el que se cernía un gran peligro. 

Pasaron dos semanas. No había un solo día en que Fifí no contemplase a la perra largamente mientras le daba vueltas a la expresión “cuando acabe la linde”. A Jules, la tonta le había perdido todo el respeto: lo abrazaba para sestear; lo ponía a girar sobre la hierba, como una peonza, de un solo lengüetazo; le hacía cosquillas en el cogote… Y el Tío se moría de la risa. Por ese lado el daño estaba hecho. 

A la tercera semana, por si la situación no fuese ya difícil con el enigma de la linde sin resolver, se presentó Romeo.  Un jueves, todo maqueado y aferrado a un ramo de flores, como un fantoche. Se sentó a esperar a la pequeña Lola en el sillón del salón y Gilda se le acercó y no tardó en tomarse más y más confianzas. Le lamía, le alborotaba el pelo, le pisoteaba las flores… Romeo le pidió que parase con voz apagada. Demasiado tarde: se había desatado un furioso huracán de amor perruno. 

Fifí recordó la linde. La linde que se acaba y te descubre cuán persistente puede llegar a ser un tonto. Le hizo un gesto rápido al Tío Jules y ambos se sumaron a los excesos de Gilda. Jules no sabía orinar en aerosol como Fifí, pero podía desprenderse de un buen número de pelos finísimos que anegaban boca y ojos y dejaban la ropa hecha unos zorros. Entre los tres babosearon, arañaron, mordieron, orinaron, apestaron y enfadaron seriamente a Romeo. Gilda lo pasaba en grande: ya sabía ella que los gatos no eran unos seres tan estirados como aparentaban. 

Tanto llegó a cabrearse el pretendiente en medio de aquel torbellino, que agarró de malas maneras a Gilda y consiguió ponerse en pie y sacudirse de encima a los gatos. Entonces apareció la pequeña Lola elegantemente vestida para salir. Su sonrisa amable se congeló al toparse con un ser nauseabundo que estaba golpeando a su perrita con un ramo de matojos. Vio a los gatos medio escondidos, como asustados, y entendió que antes de atacar a Gilda la había tomado con Jules y Fifí. Giró sobre los tacones con cara de pocos amigos y le dejó allí plantado. 

Al atardecer, mientras la pequeña Lola se quitaba un vestido de fiesta húmedo de lágrimas, ladera arriba, la Gordanegra tomaba el té con su vecina: “Cuando se acabe la linde… Ja, ja, ja.  ¿Qué mierda de consejo es ese? No te imaginas qué cara puso la doña perfecta de Fifí cuando lo solté”. “Le está bien empleado —se regodeaba la vecina—. Ella siempre manifiesta en todos sus actos una suficiencia insufrible”.  Y reían. Y sorbían su té del platillo, no de la taza, como en los viejos cuentos rusos.